DOLORA
Recuerdo
hace unos años
en
una tarde serena,
a
una
joven cariñosa
pura,
hermosa y
linda
ella.
Estábamos
en el prado
sentados
junto a la hiedra,
mirando
en las aguas del río
cómo
brillaban
las piedras.
¡Ya
no somos como entonces,
ni
tampoco quinceañeras,
somos
llama que se apaga
sin
luz ni calor siquiera!
Ni
tú tampoco eres igual,
no
eres ya
la
que antes eras,
nos
han cambiado los años:
¡yo
estoy sólo
y tú estás
muerta!
Te
susurré al
oído un canto
y...,
inclinaste la cabeza,
llorabas
como una
niña,
y
vi
en ti la primavera.
Prometimos
para siempre,
cariño
eterno, y
entrega,
y
llevar siempre en nosotros
junto
al amor la inocencia.
Los
mirlos
fueron testigos
de
este encuentro tan
supremo,
las
aguas del
rio Alhama,
y
las flores
de esta tierra...,
nubes
que cruzan
veloces,
brisas
que rápidas vuelan,
cantos
de las hojas secas
y
el murmullo de las
eras.
Entonces
no consultamos
por
nuestra suerte postrera,
y
en brazos de la confianza
nos
hicimos mil promesas;
sin
notar que en nuestro entorno
ya
se encontraban enfermas
sobre
las
lánguidas
ramas
las
flores de
primavera,
y
en aquel idilio loco
no
reparamos siquiera
¡que
yo al fin estaba solo!
¡Y
que tu estabas ya
muerta!
Luego
en eufórico ruido
llegaron
danzas
y fiestas,
enseñando
al mundo altivo
su
guapura y su nobleza.
El
elogio que enloquece
con
engaños que envenenan,
anularon
mi memoria
pisoteando
tus
huellas;
pero
el arcángel custodio
que
vigila la inocencia,
te
defendió del agravio
y
de
ilusiones perversas;
conservo
los dulces sueños
para
una gloria más cierta,
y
en lo profundo del alma
guardo
todas
las esencias,
los
recuerdos apacibles
de
aquellas tardes serenas
¡Bienaventurados
consuelos,
tristezas
de la inocencia!...
No
tuve quien me cuidara,
ni
quien calmara mis penas,
y
en aquel mismo momento
entró
en crisis mi estrella;
en
un estrado
una noche
al
dulce son de la orquesta,
yo
no se por qué razones
se
enturbiaron mis ideas;
sentí
misterioso dolor
que
me fue acercando a ella,
sospeché
lo venidero:
¡me
vi solo y la vi muerta!
Estos
dudosos temores
me
llevaron a otras tierras,
allí
escribí
mis recuerdos
con
expresiones acerbas.
Sentencié
su amor junto al mio,
y
suavicé
mi entereza,
y
dudando en mi regreso
enterré
su imagen bella,
pero
al tornar a mis tierras,
cosas
que Dios nos reserva...
¡Tuve
un gran remordimiento
con
la muerte de mi estrella!
Bajo
el cielo de occidente
bañado
en dorados regios,
y
soplando el fresco
cierzo
los
eólicos
brazos
suenan;
ulula
el viento en los sauces
y
la lluvia fina queda,
se
respira el
sano entorno,
huele
el campo a flores bellas;
al
rosario de la aurora
llaman
alegres campanas,
y
reposando en sus brazos
duerme
la naturaleza...
¡Mis
ojos se van cerrando
al
llegar la oscura
sombra!
¡Vengo
para estar contigo,
y
estás ya bajo la tierra!...
Recuerdo
hace unos años
aquella
santa promesa,
hoy
quiero cumplir mi ofrenda,
¡Y
a verte traigo mis penas!
Me
enteré de tu pasado...
supe
todas tus angustias,
pero
algo me está diciendo
que
dentro
de ti aún me llevas.
Mas...,
el placer del pasado
se
torna en congoja ahora,
mi
recuerdo es un suplicio,
¡Yo
estoy solo y tú estás muerta!
Logroño,
7 de marzo de 2015